Mirta Tronelli.
Mirta Tronelli
Servicio Social era una carrera muy interesante y atractiva para los jóvenes del Valle que desechaban los profesorados o ingeniería. Les ofrecía materias humanísticas y espacios para reflexionar sobre la realidad, problematizar lo cotidiano y hacerlo en conjunto, como toda construcción social.
Así le pareció a Mirta Tronelli.
Cursaba en horario nocturno la mayoría de las materias en el edificio de la calle Salta esquina Belgrano, si bien las oficinas ya habían sido inauguradas en Buenos Aires al 1400.
Cuando se enteró que había sido detenida Cecilia Vecchi, su amiga y compañera de estudios, llamó a su padre para que la ayudara en la búsqueda al otro día.
Pero el 11 de junio fueron por ella: en horas de la mañana irrumpieron en las oficinas de Bienestar Social de la Provincia, en la actual Galería española de la ciudad de Neuquén, hombres de civil pero bien armados y se la llevaron en un auto Peugeot 404 celeste, posiblemente rumbo al Comando de la VI Brigada.
Mirta Felisa era su nombre completo, el segundo como su abuela paterna italiana. Había nacido en Centenario, pero vivió sus primeros años en Vista Alegre en donde cursó su escuela primaria; luego se radicaron en Barda del Medio. Allí transcurrió su adolescencia.
Eran inolvidables los 21 de setiembre: todos los estudiantes se encontraban a festejar en «El Palermito», cerca del dique.
Mirta era muy estudiosa, según sus maestras; simultáneamente con el secundario estudiaba piano, recibiéndose de profesora.
Barda del Medio era un casi pueblo: un montón de casitas en medio de una zona agrícola, a 32 km de la ciudad de Neuquén.
Mirta, su hermana y las amigas tenían que viajar todos los días en colectivo primero a Cipolletti y luego a Cinco Saltos al Instituto Ceferino Namuncurá, de donde egresaron con el título de bachiller con orientación pedagógica.
La jornada empezaba antes de la 7 de la mañana, pero ellas estaban vacunadas contra la amargura; por eso los recuerdos son grandes momentos de alegría, como el viaje de egresados a Córdoba, a Los Cocos, o los fines de semana en su casa llena de amigas que venían a quedarse los 2 días a aprender a jugar al tenis.
A Mirta la describen como una petisa hermosa, delgada, frágil, de cabello rubio ondulado, ojos muy verdes. Quizás de rasgos sirio libaneses como su madre, quien les hacía ropas de moda, como si disfrutara con sus dos muñecas.
Eran gente de trabajo; la hostería del lugar les había costado años de muchos sacrificios. Pero eso no importaba, ahí estaba la recompensa. Mirta era una hija excelente, que sólo les trajo buenas calificaciones y títulos como si hiciera falta devolver el esfuerzo a los padres.
En la Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca, donde había empezado bioquímica, no le fue nada bien: su úlcera comenzó a provocar hemorragias. Debió internarse varias veces y recibir transfusiones hasta que se operó y mejoró bastante.
Así empezó Mirta Tronelli a estudiar en Neuquén Servicio Social. Primero trabajó en una farmacia en Campo Grande y viajaba todos los días, hasta que decidió quedarse en la ciudad capital y pudo empezar en dependencias de Bienestar Social de la Provincia.
Ser joven y no soñar con un mundo mejor, más justo, es casi no ser normal. Estaba incorporada la rebeldía en esta década de cambios:
¡él que no salta es un gorilón!
¡Perón Evita, la Patria Socialista!
No se trataba de hechos marginales, por el contrario los jóvenes combatían por sus ideales con pasión y dando la vida…
Mirta era de las que enfrentaban con la palabra, de las coherentes, de las que no dejaban de andar aún con el miedo a cuestas. Quizás por eso no se fue, no escapó, creyendo que los uniformados armados que se la llevaron, razonaban….
Es pedirle mucho a la bestia.
Su familia aún la busca, aún espera la respuesta que toda la democracia adulta debería darle: ¡Juicio y Castigo a los Culpables!
¡Los desaparecidos: qué digan dónde están!
fuente: La Revuelta
