Aimé Painé .


Con la lectura de este libro me voy enterando de la historia personal de Aime, su doliente infancia y su devenir como investigadora y cantora; de su rescate de un pueblo y una cultura despiadadamente masacrada.
Felicito a Cristina Raffanelli por haberse involucrado en la increible historia de esta mujer y la profundidad y sensibilidad con que realizo este arduo trabajo.”
Leon Gieco (en el prologo del libro “La Voz del Pueblo Mapuche” de Cristina Raffanelli)

Cristina Rafanelli (una de las primeras periodistas en divulgar la obra de Painé)
—¿Cómo conociste a Aimé?
—La conocí en 1979 cuando escribía en Expreso Imaginario. Fuimos a cubrir una muestra de artesanías mapuches con el fotógrafo, que en ese momento era el director de la revista. Fuimos a charlar con la persona que organizaba y ella fue la que me dijo “Quédate porque ahora viene una cantante que quiero que conozcas”. Me quedé a su presentación y la verdad que fue algo increíble porque nadie en ese momento usaba Ttrarilonko, con el pectoral y las monedas, a la vieja la usanza. Pero lo que más me fascinó era su comunicación con la gente. Ella le hablaba en su lengua al público compuesto por mapuches que habían ido a vivir a la ciudad.
Escribí sobre ella en la revista en una entrevista de tres páginas que se publicó con el nombre “El canto de una raza”. Aimé quedó muy contenta con la nota porque que le tocó un momento muy duro: era plena Dictadura. Ahí entablamos una amistad, varias veces nos llamamos por teléfono e inclusive pude grabarla para una entrevista que se pasó en mi programa de Radio Nacional Bariloche, que es el capítulo cuatro del libro. Fue una nota muy profunda; ella venía de su última gira por el Sur. Y eso quedó documentado en el libro.

Aimé y Cristina Rafanelli.
—¿Cómo fue la infancia de Aimé?
—Los padres de Aimé tuvieron una relación muy especial porque se casaron cuando la madre, Gertrudis Reguera, era muy joven. Tenía trece, catorce años.
Tuvieron cuatro hijos; uno falleció. Aimé es la tercera. El hermano menor es el único que aún vive, en Chimpay. Luego de tener a los hijos, la madre abandona al padre. Él se queda solo con ellos. En ese entonces, Evita Perón había abierto unos hogares para huérfanos del interior. La llevan a Aimé a vivir allí; la sacan del lado de su padre y termina en un hogar en Mar del Plata. Se cría como huérfana, como alguien que no tiene padres, que no tiene identidad, educada por las monjas del colegio.
Pero su vida da un vuelco porque desde chiquita tiene este talento musical maravilloso que la lleva a integrar el coro en el colegio a los siete años. Una pareja de Mar del Plata la escucha cantar y decide adoptarla. La cambia de colegio, la mantiene pupila, pero ya con una guía dentro de la música. Ella siempre decía que sus tutores querían que se dedicara a la música clásica. De hecho cuando ella se independiza deja Mar del Plata, se va a Buenos Aires, trata de sobre vivir como puede e integra el Coro Polifónico Nacional.
—¿Qué significó para ella integrar el Polifónico Nacional?
—Fue algo maravilloso porque vivió una infancia muy solitaria. Ella recupera a la familia y a su cultura como un proceso inverso: de a poco, estudiando, viajando y hablando con las abuelas. Se convierte en una especialista de su propia cultura haciendo trabajo de campo, grabando a las abuelas. Mientras integraba el coro nacional tuvo como una especie de epifanía cuando escuchó a los pueblos originarios de Latinoamérica hacer los temas propios de su cultura. Sin embargo, en el Polifónico hacía música clásica totalmente alejada de sus raíces. Allí dice basta y se empieza a dedicar al canto mapuche. Nadie lo hacía, nadie cantaba en esa lengua y nadie salía en la televisión y a hacer notas de prensa hablando del tema mapuche.
—¿Cómo eran sus conciertos?
—Al principio, ella se acompañaba sólo con la guitarra y hacía temas de folclore hasta que dejó de hacerlo completamente. Se dedicó entonces a hacer recitales con recopilación de “tahils”, cantos ceremoniales, que grababa de las abuelas a las que pedía permiso. Sus conciertos eran verdaderas clases de antropología porque te contaba cada una de las anécdotas con esas abuelas y lo hacía con un amor que una terminaba realmente amándolas.
—Aimé decidió volcarse al repertorio mapuche en plena Dictadura Militar. ¿Qué respuesta tuvo?
—Es cierto que ella en plena Dictadura Militar comenzó a hablar de temas que ya se daban por solucionado, digamos. Lo que pasó con la Campaña del Desierto es algo muy simple: la historia la escriben los que ganan. En todos los textos escolares figuraban los indios como malones, como los malos, como los peligrosos. Toda esa discriminación sirvió para que la sociedad apoye esta campaña que no fue otra cosa que un genocidio y despojo de territorio Después de la campaña, mandaban a las mujeres sobrevivientes como empleadas domésticas a Buenos Aires, separaban a las familias, se llevaban a los niños para adoptar o para criar como esclavos de servidumbre. Lo mismo pasaba con los hombres que mandaban a las estancias. Aimé lo marca en el libro: “el desarraigo es una de las cosas que nosotros más hemos sufrido”.
En la Dictadura, Aimé no la pasó bien pero no fue perseguida directamente porque para los militares los indígenas no eran ya un problema. Los libros de texto hablaban en pasado sobre ellos. Aimé decía “Basta de decir que los mapuches comían, vestían, vivían. Los mapuches están”. Y lo mismo pasaba con los otros pueblos. Pero para la Dictadura en ese momento el enemigo era otro porque además era ella sola. Una vez se presentó en el programa de Mirtha Legrand vestida con el traje tradicional cuando las mujeres mapuches no usaban nada que pudiera reflejar su cultura.
—¿Qué diferencia hay entre el contexto social que vivió Aimé y el actual?
—Justamente armé un nuevo capítulo para mostrar la diferencia en el contexto histórico social que se llama “Lo que Aimé no vio”. Allí explico qué es lo que está pasando ahora con la cultura. En 1992 se creó la bandera mapuche y llegaron - con liberación del dólar y el uno a uno- muchos extranjeros a comprar tierras al sur. Esto hace que los jóvenes se levanten para luchar por su territorio. Todo esto Aimé no lo vio ahí. Ella estaría muy contenta de que los jóvenes vuelvan a su identidad, que se reconozcan como indígenas, como mapuches y que traten de ayudar a su comunidad.

Painé fotografiada por Mirta González Accini en Neuquén, Lago Huachulafquen (1975). Fuente: "Aimé Painé. La Voz del Pueblo Mapuche"
—¿Y entre el contexto del primer libro y la nueva versión?
—Ha cambiado mucho el entorno debido a que en los años del macrismo hubieron dos víctimas que sacudieron a todas las comunidades mapuches: Santiago Maldonado y Rafael Nahuel.
Eso volvió a incrementar la discriminación y el racismo. Fueron justamente las generaciones más jóvenes las que salieron a tratar de recuperar los terrenos de sus abuelos.
Ella le hablaba a los niños. El legado que Aimé deja es de absoluta dignidad. Cuando viajé a Esquel para presentar el libro, por ejemplo, -ella iba mucho a Lago Rosario donde hay una comunidad mapuche- se me acercó un hombre alto y me dijo que la escuchó en su escuela, que nunca se lo olvidó y que ahora trabajaba para su comunidad. Además de ser muy hermosa, Aimé tenía una forma muy tierna y directa de comunicarse. Decía que ahora la lucha tenía que ser a través de la cultura; “el hombre blanco no nos respeta porque no nos conoce”.