Experiencias colectivas y resistencias de las mujeres-indígenas en la Meseta de Somuncura.
Más allá de la territorialidad: significación de las experiencias colectivas y resistencias de las mujeres-indígenas en la Meseta de Somuncura
Lorena
Angélica Higuera
Dpto de
Geografía-FAHU-UNCo
lorenahiguera74@gmail.com
La ocupación de la
Patagonia por la élite criolla, que lideró la construcción del Estado argentino
a finales del siglo XIX, se llevó a cabo mediante una avanzada militar sobre un
territorio previamente organizado por comunidades indígenas. Este proceso de
desterritorialización y reterritorialización, generalmente mediado por la
violencia, implicó la progresiva “incorporación” del territorio patagónico a la
“geografía nacional argentina”, a expensas del despojo y la expulsión de las
comunidades indígenas. Como resultado, extensas superficies de tierras fueron
apropiadas para formar parte del patrimonio fiscal, y posteriormente
transferidas a particulares, predominantemente grandes estancias dedicadas a la
ganadería ovina extensiva, orientadas a la exportación de lana. Así, se
consolidó una territorialidad mercantil extractivista, organizada en torno a
grandes latifundios privados, estrechamente vinculados a capitales británicos
que actuaban como proveedores de materias primas esenciales para la industria de
la época.
Durante el siglo XIX,
la historia de la organización territorial en la Patagonia Norte estuvo marcada
por la devastación de comunidades indígenas y campesinas (Bandieri, 2005),
seguida por la consolidación de prácticas extractivas sobre los recursos naturales,
como la tierra, el agua y la vegetación. Este proceso favoreció un incremento
en la apropiación territorial y de bienes comunes por parte de empresas
transnacionales y terratenientes, combinando grandes estancias con
explotaciones de tipo familiar-comunal.
Desde la década de
1990, en un contexto de expansión del capital, se ha intensificado la
concentración y extranjerización de la tierra en Patagonia, lo que ha dado
lugar a un aumento de la conflictividad territorial. Esta confrontación se
presenta entre el capital, que valora la tierra como un bien de cambio, y la
comunidad, que la considera un bien colectivo esencial para la (reproducción)
de la vida. La reproducción del capital y la reproducción social de las mujeres
productoras, artesanas e indígenas ocurren en el mismo espacio, generando
tensiones que reflejan las contradicciones y desigualdades inherentes al
capitalismo, que produce simultáneamente concentración de riqueza y expansión
de la pobreza. En este contexto, emergen experiencias de resistencia por parte
de sectores subalternos ante la lógica del capital.
Este trabajo defiende
la tesis de que la expansión del capital puede encontrar límites en el
desarrollo de experiencias de (re)producción de la vida impulsadas por mujeres
rurales. Estas experiencias incluyen la organización y construcción de formas
comunitarias alternativas como resistencia a la expulsión territorial y a la
lógica de los actores hegemónicos. Estas prácticas, que combinan utilidad
material con valores de solidaridad y cooperación, emergen como alternativas en
las áreas rurales de producción. Aunque estas capacidades políticas no
eliminarán por sí solas la precariedad ni la vulnerabilidad social de las
mujeres rurales, contribuirán a conformar un entramado de lazos colectivos que
favorezcan la (re)producción de la vida.
La primer idea fuerza
que quiero compartir: las experiencias productivas como indicadores de resistencia
y territorialidades colectivas
Durante los trabajos
de campo realizados en 2023 y 2024 en la Meseta de Somuncura, que incluyeron entrevistas
semiestructuradas, entrevistas en profundidad y talleres participativos, se ha
evidenciado la importancia de las “experiencias” como espacios de toma de
decisiones y acciones colectivas. Estas experiencias están caracterizadas por
lógicas heterogéneas de producción y actualización de lo común, no exentas de
tensiones y conflictos (Gutiérrez, 2017). Desde esta perspectiva, la
territorialidad se concibe como una práctica espacial que opera como
experiencia de resistencia en un contexto marcado por el despojo y la expansión
del capital, y enfrenta la presión ejercida por grupos inmobiliarios y
capitales extranjeros.
Asimismo, se destaca
la interdependencia de las actividades invisibilizadas de las mujeres
productoras, artesanas e indígenas, que abarcan prácticas de producción
agrícola, tejido y tareas de cuidado, así como saberes tradicionales que son
fundamentales para la (re)producción de la vida. Estas experiencias productivas
se articulan con formas de resistencia, donde se expresa la capacidad política
de sostener la vida a través de procesos de aprovisionamiento social (Rivera
Cusicanqui, 2010; del Moral Espín, 2013; Gutiérrez Aguilar y Salazar, 2015;
Gutiérrez Aguilar, 2017; Gutiérrez Aguilar, Navarro y Linsalata, 2017;
Gutiérrez Aguilar y Navarro Trujillo, 2019).
La mercantilización
de las economías locales y la erosión de los vínculos de reciprocidad impulsan
la indagación sobre cómo se tejen los vínculos comunitarios y los flujos de
trabajo que emergen de estas experiencias organizativas. Estas prácticas son vistas
como la principal forma de resistencia a la dinámica de mercantilización, lo
que plantea la necesidad de examinar las resistencias comunitarias ante nuevas
formas de acumulación por despojo, y cómo estas afectan a las mujeres
productoras y artesanas.
La segunda idea fuerza
que traigo para compartir: las vinculaciones entre las variables analíticas
reestructuración económica y (re)producción de la vida colectiva
La reestructuración
de territorios rurales genera cambios en el uso del suelo y la tenencia de la
tierra, transformando la organización y las prácticas de acción colectiva. Es
esencial investigar cómo estas transformaciones afectan los horizontes de vida
rural y las estrategias de reproducción. A pesar de la lógica de concentración
de recursos naturales y económicos, emergen prácticas organizativas que
preservan las capacidades colectivas y resisten la expulsión y exclusión
promovida por el capital.
La persistencia de
pequeños productores crianceros -a lo largo de más de un siglo- se explica por
la capacidad de cada integrante de la unidad doméstica de producción para
desarrollar múltiples actividades que generan ingresos, combinando diversas
fuentes de ingresos. Las formas de organización y construcción de espacios
comunitarios no solo garantizan la (re)producción de la vida colectiva, sino
que también promueven mejoras en las condiciones de vida y resistencia a la
expulsión de sus territorios.
Estos espacios feminizados
presentan rasgos distintivos: amplían la noción de aprovisionamiento social,
integran las relaciones de género y la amorosidad como elementos constitutivos
de la vida, y reconocen que el conocimiento tradicional es un proceso social.
De este modo, traigo y subrayo, la importancia de reflexionar sobre cómo se
construyen y recuperan los saberes y prácticas de estas mujeres rurales, en su
compromiso con la reproducción cotidiana de la vida material.
En resumen, la presentación
revela un panorama complejo de resistencias y transformaciones en la Patagonia,
en un contexto de la expansión del capital. Se enfatiza la necesidad de
visibilizar las experiencias de las mujeres productoras, artesanas e indígenas
como actores sociales fundamentales en la construcción de territorios más
justos y equitativos.
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