Influencias/Por Humberto Bas
Al recuerdo vivo de don Antoño y doña Antoña,
de Avay, distrito de San Ignacio (Jaguaracagmyta)
A Carina Rita Medina y Alejandra Camilo.
Primera entrevista radial para promocionar mi libro. Obviamente, el primero. Agazapado tras el micrófono espero las preguntas y el periodista descerraja dos al hilo que me dejan aturdidos.
¿De qué trata tu libro?
¿Quiénes son tus influencias?
¿No se suponía que lo había leído? Días previos le envié un ejemplar del que me desprendí con el mismo dolor con el que le hubiera donado un riñón.
También, por correo, le envié una breve biografía. Un par de páginas en el que contaba lo que para mí era la escritura y lo que significó escribir el libro. Habría mi pecho a la curiosidad pública, aportando datos, escamoteando otros, tal como me recomendaron algunos consagrados.
Se suponía que el periodista los tenía a flor de labios como para que la entrevista fluyera entre guiños de complicidad y centros a un área libre de marcas y un arco sin arquero.
¡Ni mu!
¿De qué trata tu libro?
Deberían sacarle la licencia al instituto que le entregó el carnet de periodista. Señores periodistas, si un escritor pudiera dar cuenta de qué trata su libro, ¿para qué escribiría el libro? Sírvanse responder esta pregunta antes de hacer esas preguntas.
No obstante, el apabullamiento, me arremangué para enfocarme en la otra pregunta.
En burbujeo de alegre procesión los nombres en mi garganta. Todas mis influencias esperando ver la luz reivindicativa y yo imaginando una audiencia impresionada por insignes e ignotos nombres.
Pero de golpe mis ídolos amotinados. Un mazacote de nombres e imágenes resistiéndose a identificarse. Todos eran pelusitas en la punta de mi lengua.
Embarazosa situación. No quedé noqueado porque el finalmente piadoso periodista, echando ojo a la contratapa, leyó como propio un comentario ajeno y pude salir de la afasia.
Y como siempre, el después fue para mortificarme por no haber respondido esto y lo otro y lo otro y lo más otro; cosas que por estricto cumplimiento de la ley de Murphy se te ocurren cuando ya no es necesario.
Previendo nuevas ocasiones, con mi amiga Alejandra redactamos una síntesis de mi novela para encarar la entrevista recitando la respuesta con simulada espontaneidad.
Pero en el tema de las influencias nadie puede ayudarte, dijo mi amiga:
Sos vos y tus recuerdos.
Como capas de cebolla iba desechando una tras otras las respuestas. Si durante la primera vez mi influencia era Thomas Pynchon, porque había leído todo lo escrito por él y sobre él, al rato descubría mi ingratitud. Acaso mayor haya sido la influencia de mi coterráneo Roa Bastos, por cómo remojaba, lavaba, enjuagaba y estrujaba el lenguaje y las historias, y aun este reconocimiento me dejaba culpa, ya que, ¿no fue después de leer a Proust cuando me atreví a escribir mi primer relato? Sí, Proust, pero… Cuando apareció Proust ya estaba decidido a escribir. Entonces fue García Márquez por quién supe que existía esa cosa llamada literatura y que lo que yo vivía en mi cotidianidad cabía en un libro como El otoño del patriarca. Mi patriarca era Stroessner y los gallinazos que poblaban la novela, los pyragües-vigilantes del partido colorado que pululaban hasta en mis pesadillas.
Y si en García Márquez descubrí la literatura, entonces, ¿a qué reino pertenecían los libros de Stephen King, Jonathan Black, Corín Tellado, y todos los best sellers que tragaba intentando romper mi récord de lecturas? ¿Y las fotonovelas, y las historietas? Nippurs, D’Artagnan y toda la producción de mi otro coterráneo, Robin Wood. ¿Y qué de las series de Tarzán, El Llanero Solitario, Roy Rodgers, Red Riders, La Pequeña Lulú, Isidoro Cañones, ¿Patoruzito? ¿Y qué de la biblioteca del centro Juvenil del Pa’i Jesús, la San Luis de Gonzaga, con las revistas evangelizadoras, vida de santos, afligidos y flagelados a los que intentaba imitar pisando espinas para ascender al cielo mientras E… me miraba compungida, por no darme el amor necesario para seguir perteneciendo al orden terrenal?
Y si todos eran parte de mi historia de lecturas y por tanto de influencias, ¿por qué no incluir a los grandes poetas del cancionero popular? Flaminio Arzamendia, Rubito Reguera, Teodoro S. Mongelos; y los textos escolares como Estrellita y Semillita, con los poemas marciales de María Luisa Artecona de Thompson, Adela Speratti y de José Luis Appleyard (a 50 años aún recuerdo sus nombres).
Mi peregrinación retrospectiva amenazaba con profundizar la indagación en mi vida intrauterina hasta que una noche, a trasluz de una copa de vino, se estamparon en mi recuerdo don Antonio y doña Antonia. Deberían llamarse don Antoño y doña Antoña. Ellos solían frecuentar el hospital donde trabajaba doña Kika, mi madre, estadígrafa. Por la oficina de ella pasaban quienes iban a Consultas. Su despacho era una amplia sala a la que le quedaba chica la palabra despacho. Para tener una dimensión, habría que considerar que alrededor de la única mesa se emplazaban mi madre y sus cinco compañeras con formularios, fichas, carpetas con historias clínicas, y un niño de 3 a 4 años que cumplía rigurosamente el horario de trabajo de su madre.
Ese niño era yo. Desde esa edad, la mesa era una enormidad sin horizontes, en cuyos extremos estaban todas esas mujeres que levantaban la vista para mirarme y volver a sus asuntos.
Las paredes de la sala estaban cubiertas de anaqueles, en los que con algún orden se ubicaban las abultadas historias clínicas de los habitantes de mundo, orden estrafalario que solo cabía en la cabeza de doña Kika y con aroma a papel madera, goma arábiga, carbónico y virutas de las goma-borradores Pelikan.
En la puerta de atención al público, un portón-repisa. Los pacientes apoyaban sus codos y presentaban su carnet de identificación clínica. Si quien atendía era mi madre, el carnet era innecesario. Ella apenas necesitaba mirarlos. Con una escalera de cinco peldaños o un gancho descolgaba las fichas. Un pequeño tirón y los sobres descendían blandamente a sus manos con el bullicio interno de números, nombres, direcciones, padecimientos e indicaciones medicinales.
Mientras estas cosas ocurrían, el niño que era yo escribía en los formularios en desuso. Había aprendido a escribir mamá y mi escritura deslumbraba al mundo de Estadigrafía. Escuchaba esos ¡oh! de asombro como aliento y escribía mmmmmammmmmmmmmá… Y seguía agregando patitas a mi m ciempiés en la medida que aumentaba el aliento, pero la cantidad de patitas y lo retorcido de esas patitas eran directamente proporcional al amor que sentía por mi madre. Un amor creciente que podría sufrir modificaciones momentáneas si mi madre, por ejemplo, me retaba por alguna cosa. Entonces la castigaba eliminando patitas. En un rapto de enojo llegué a bordear el límite de dejarla sin m, sin patitas, convertida en aá. Pero apenas avisté esa posibilidad, me asusté, pues estaba bordeando el vacío aniquilando a mamá, y arrepentido corría a abrazarla, sin que ella supiera a santo de qué era mi rapto amoroso.
Uno de esos días entró a Estadigrafía la señora XXXXX, partera del hospital. Su ingreso fue una irrupción en el sincronizado atareamiento del despacho. La señora XXXXX se detuvo detrás de mí y mantuvo silencio durante el cual pude sentir su pesada respiración. Me observaba, pero no sabía qué… Mi cabeza, ¿piojos? ¿Mi maravillosa escritura de mmmmmammmmmmá? De repente sentí una cosa fría y seca posando sobre mi mano. Su mano. Y su mano, seca y fría, imponiéndose a todo lo que yo podría tener de voluntad, empezó a dirigir mis dedos hacia una nueva forma de escribir mmmmammmá.
Se escribe mamá: una sola m antes de cada a, nene. Las m llevan sólo tres patitas. Una, dos, tres patitas, y las patitas son rectas, nene, así. ¿Ves? Mamá.
Que mmmmmammmmmá más fea la mamá de la señora XXXXX, he de haber pensado. Pues supongo que ese acto fue una de las formas de la violación, como supongo también que entonces ya conocía el odio y que, si fijé la forma de un rumor sobre mis hombros, fue por ese episodio.
Otro día, un miércoles, porque los miércoles atendía el oculista, llegó a Estadigrafía don Antoño, un anciano menudo y modoso, descalzo y con su sombrero de karanda’y bajo el brazo.
Mba’eichapa, ña Kika.
Mi madre, que recordaba el lugar exacto de la ficha familiar de don Antoño, preguntó por su señora, mientras revolvía el interior del sobre para extraer la ficha de doña Antoña. Para mí se llamaba así, porque se me hacían que los esposos viejos no solo se volvían idénticos sino también tocayos.
Mientras tanto, yo muy concentrado escribía el mmmmammmmma más largo y retorcido que se me podía haber ocurrido para vengarme de la señora XXXXX. Y no me daba cuenta de que durante todo ese tiempo don Antoño no dejaba de mirar mi laboriosa escritura. Con una cruz estampaba su firma sobre la ficha y yo escribía mmmmammmmá. Contemplaba que yo estaba escribiendo. Eso fue lo primero y fundamental para mí. Se fijó. Y algo le dijo a mi madre. Luego mi madre me llamó.
Don Antoño quiere decirte algo.
Pero don Antoño sonriendo me entregó un bollito estrujado que supuse un caramelo derretido.
Al abrirlo encontré algo muy diferente. En ese preciso momento empecé a sentir que escribir tenía un valor concreto. Y ese valor tuvo un color y un número: 5 G. Cinco’í guaraní.
Para un cuaderno, che ra’y.
Y salí corriendo a cumplir ese deseo.
Recuerdo aún hoy el blando lomo de mi cuaderno Comuneros, 20 hojas, doble raya.
El miércoles siguiente el cuaderno estaba repleto de mmmmammmmá para don Antoño. Otros 5 guarani’i para lápices de colores. El siguiente miércoles, para lápiz de papel, como llamaban al lápiz negro.
El siguiente miércoles, mis padres ya me subían al caballo de don Antoño. Agarrado a su espalda salimos del pueblo para andar leguas. Atravesamos esteros, terraplenes, arroyos donde el caballo se agachaba a beber y yo veía las ondas expandirse en círculos hacia los confines del universo. Seguimos por picadas, senderos angostos; disparaban liebres y perdices, carpinchos y yacarés pestañudas que salían al paso a preguntar:
¿Mavaiko pea?
Don Antoño que para simplificar respondía:
Che ra’y hína.
Seguimos al cruce de yaguaretés, pomberos y lobisones, mientras el impasible caballo de don Antoño seguía su tranco sereno. Hasta que llegamos a un rancho bajo, techo de paja y piso de tierra, donde doña Antoña nos esperaba sentada en un taburete frente a un fogón sobre el que colgaba una cacerola en la que hervía vori-vori con choclo.
Mi cuaderno en el regazo de doña Antoña. En ese lugar no estaban más que ella y don Antoño para celebrarme los dibujos y las palabras.
Doña Antoña, señalando con el dedo una palabra, me preguntó qué significaba. Me acerqué para mirar mi cuaderno por sobre su hombro, y vi sus deditos plegados de arrugas y una uña tosca y gruesa indicar la letra mmmmmmmm, y luego a y á…
¿Mba’éiko he’i ape, che memby?
Upepe he’i mamá, le respondí.
Doña Antoña, que no tenía hijos, me miró y se puso a llorar.
Entonces comprendí que no solo le enseñé la palabra mamá, sino que era el primero que le decía mamá, y que en ese momento por mi boca prodigiosa no solo la embaracé con la palabra, sino que al mismo tiempo la hice parir y la convertí en mamá.
Al atardecer regresé ataviado de mandarinas de esas que al pelarlas escupen ácidos y te ciegan los ojos y la nariz, piñas, pomelos que llamábamos greifu, guayabas, bananas karape y sandías. Retornaba con la cornucopia de la abundancia con el que me aviaron para un viaje que aún dura…
Cuando pregunté por don Antoño y doña Antoña a mi madre, que conocía de memoria el árbol genealógico desde Adán y Eva a esta parte, ella me contó la historia de don Antoño y su mujer (que no se llamaba Antonia, pero la mantendré así por fidelidad con mi memoria infantil). Don Antoño era un excombatiente de la guerra del Chaco y a causa de una herida pélvica había quedado estéril. No tenían hijos. Pero la razón de su consulta, contaba mi memoriosa madre, era por la retinopatía diabética de doña Antoña; una especie de glaucoma que la volvió ciega. Supe también que no tenían escolaridad, pero jamás diría que eran analfabetos. Deduje que si doña Antoña supo de mí era por lo que de mí le relataba don Antoño, que el anciano que no leía le contaba de mi escritura a la anciana que no veía. Esa, creo, es la imagen perfecta del deseo y la poesía.
Acaso, pienso y siento ahora, las influencias más firmes que sostienen mi escritura fueron los atentos oídos de doña Antoña escuchando a don Antoño, los regalos y la mirada de don Antoño animándome a seguir haciendo lo que hacía, y también el rechazo que me produjo y me produce las manos de la señora XXXXX pretendiendo imponerme la estúpida idea de que mmmmammmmá se escribía con apenas dos m y que las m solo tenían tres patitas.


