Hilanderas indígenas-campesinas de la meseta de Somuncura (Río Negro, Argentina)

 


Hilanderas indígenas-campesinas de la meseta de Somuncura (Río Negro, Argentina). Una experiencia comunitaria disidente/disonante.

                                                                                            Por Lorena Angélica Higuera.

Palabras claves: hilanderas indígenas, experiencia, producción de la vida, extractivismo

La ocupación de la Patagonia por parte de la élite criolla que comandó el proceso de construcción del Estado argentino a finales del siglo XIX, se hizo efectiva por medio de una avanzada militar sobre un territorio preexistente organizado por sociedades indígenas. Es decir, se trató de un proceso de desterritorilización y reterritorialización (Porto Goncalves, 2002) por el cual la progresiva “incorporación” del territorio patagónico a la “geografía nacional argentina” se realizó a costa del despojo y expulsión de sociedades indígenas preexistentes. Desde sus inicios moderno-coloniales, la historia de organización territorial en Patagonia norte estuvo asociada a la imagen de un territorio usurpado, caracterizado por la consolidación de procesos expropiatorios y genocidas a las comunidades indígenas y campesinas (Radovich y Balazote, 1995; Bandieri, 2005, Ramos y Delrio, 2011; Delrio, Palma y Pérez, 2016). Ese proceso de desposesión originaria, se caracterizó por la incorporación de extensas superficies de tierras que pasaron a formar parte del patrimonio fiscal, y posteriormente fueron transferidas a particulares, con un claro predominio de grandes estancias, principalmente dedicadas a la ganadería ovina extensiva, ligadas a la venta de lana al exterior. La incorporación al estado territorial de la nación argentina significó en Patagonia, como en otras áreas geográficas, la implantación de un régimen extractivista, entendido éste como la conformación de un patrón oligárquico de organización y regulación de la estructura socioterritorial, económica, ecológica y de poder de una cierta formación social, basado en la sobreexplotación de bienes naturales del territorio local como apéndice proveedor de economías exógenas (Machado Aráoz, 2015; 2016).

Se trató de un acto fundacional –no sólo de las dinámicas de acumulación dependiente sino también- del patriarcado colonial-moderno (Segato, 2018) en esta región; un proceso que adquiere la forma de una empresa militar, exclusivamente protagonizada por hombres y para hombres. Donde fueron los varones los apropiadores y beneficiarios (materiales y simbólicos) de ese acto de despojo. Un acto inaugural del capitalismo en ese espacio-tiempo que se expresa con la instauración de la propiedad privada de la tierra, la valorización de la tierra para la producción de mercancías y la expropiación o expulsión del trabajo libre/comunal. Es decir, la acumulación originaria se realiza sobre los cuerpos y los territorios subalternizados.

Desde entonces, las “prácticas divisorias” hegemónicas (Foucault, 1988) que articula el ordenamiento ovino orientado al mercado externo estructura en la primera mitad del siglo XX una territorialidad con eje en la forma de vida rural, el núcleo doméstico y una figura central masculina “el estanciero” a cargo de motorizar “el progreso” de la región. En esa estructura originaria, fundacional, la figura social hegemónica es la del sujeto europeo/europeizado, heterosexual, de clase propietaria. La contrafigura de este tipo social es el esquilador temporario, de origen mapuce o criollo, figura subalternizada acompañada de un núcleo doméstico de referencia que, en muchos casos, encontró “opciones complementarias” (de vida) que le permitieron asentarse en explotaciones fiscales con regímenes de acceso a la tierra precarios. Dentro de este espacio social ya periférico, en este esquema de relaciones sociales, las mujeres han sido integradas como sector ultra-subalternizado, en las unidades domésticas campesinas, donde las interseccionalidades de clase, etnia y género las sitúan en lugares “otros” del entramado territorial, de manera diferencial. El usufructo de su trabajo de cuidados, afectivo y productivo, es apropiado al interior de los núcleos domésticos, y como insumo imprescindible –aunque generalmente invisibilizado y desvalorizado- de la cadena de apropiación extractiva de plusvalía, montada en torno a la “economía regional de la lana”

En esa matriz territorial y societal, tiene lugar la estructuración de una contradicción nuclear que confronta la tierra-negocio (que avanza y se impone a costa de la disolución) contra la tierra-trabajo (Rossini, 2009; Hocsman, 2011). En la propiedad capitalista, basada en el principio de explotación de la fuerza de trabajo ajena, la apropiación de la tierra se realiza con el propósito de generar beneficios y mayores lucros. Por lo tanto, la tierra asume características de “tierra de negocio”, medio mercantilizado de producción de un sistema de mercancías (Polanyi, 1949). En cambio, la propiedad familiar/ comunal implica la propiedad directa de los instrumentos de trabajo por parte de quien/nes la trabajan con el objetivo principal de asegurar su reproducción social, el abastecimiento de sus necesidades vitales. En la “tierra de trabajo”, lo que se extrae de la tierra depende de la necesidad de reproducción familiar y de reproducción de la propia actividad productiva, no orientada o motivada, por tanto, a la ley del valor mercantil. 

Por su carácter fundamental (básico para la producción de la vida) la mercantilización de la tierra (y del trabajo) implica la mercantilización de la naturaleza en general, y su extensión en el conjunto de las relaciones sociales en general. La naturaleza toda pasa a ser concebida como un conjunto inerte de recursos apropiables individualmente con fines de valorización. Correlativamente, la lógica de la apropiación individual –como arreglo institucional fundamental de ese nuevo orden social- avanza erosionando (invisibilizando, devaluando y debilitando) progresivamente la trama de relaciones y flujos comunitarios sobre los que -necesariamente- descansa la producción social de la vida humana. Así, la reproducción del capital y la reproducción de la vida se realizan en un mismo espacio social, en la que esas lógicas antagónicas coexisten conflictivamente. Desde sus inicios, las dinámicas de modernización –esto es, la intensificación de los procesos de acumulación- avanzan sobre las tierras de trabajo, disputando naturaleza y comunalidad. Dentro de esta matriz, cada nuevo contexto de expansión del capital intensifica el proceso de concentración y (en este caso) de extranjerización de la tierra provocando un aumento de la conflictividad territorial. 

En el caso de la región patagónica, la segunda mitad del siglo XX estuvo signada por la persistencia de pequeños productores indígenas-campesinos, situados en una relación asimétrica respecto del gran capital. En la lógica interna de este tipo social agrario (intensificación del trabajo familiar y maximización de ingresos, combinación de trabajo familiar predial o no predial asalariado; asalarización parcial o total), las mujeres desarrollan prácticas de producción que son claves tanto para la propia reproducción social al interior de las unidades domésticas campesinas, cuanto para las dinámicas de extracción de plusvalía y valorización allí dominantes. Sus capacidades y fuerza de trabajo constituyen un eslabón clave en las dinámicas de la vida social y en la conflictividad histórico-estructural subyacente entre acumulación (tierra-negocio) y sustento para la vida (tierra-trabajo). De allí que –en el actual contexto de crisis sistémica del modelo civilizatorio hegemónico-, la vida de las mujeres hilanderas –en patagonia norte- se torna un epicentro clave en las disputas entre dominación y resistencias

El enfoque teórico construido para el abordaje de este trabajo se inspira, tensiona y diversifica con las propuestas de la ecología política y la economía feminista de lo común y lo comunitario y dialoga con ciertas teorías de la epistemología feminista sobre la “objetividad situada”. Como consecuencia de un proceso de disputas ecológico-políticas contemporáneas que impacta en el centro de la vida comunitaria, doméstica y productiva de las mujeres hilanderas y las estrategias de re-exitencia en Línea sur (Patagonia norte) habilitó otras formas de relaciones de y con la naturaleza y formas sociales vinculadas a la valorización y sostenimiento de la comunidad como dimensión clave de la reproducción de la vida.

Esta ponencia se sitúa en la Línea Sur, comprende el sur de la provincia de Río Negro, ocupando el 60 por ciento de su superficie. Está integrada por cinco departamentos (Valcheta, 9 de Julio, 25 de Mayo, Ñorquinco y Pilcaniyeu) y abarca una extensa zona de meseta y sierras, destinada a la producción ganadera extensiva ovina y en menor medida, caprina, con una organización social del trabajo predominantemente de base familiar. Escasamente poblada (alcanza los 35.581 habitantes según CNPHyV 2022), con población aglomerada en pueblos y parajes y, población muy diseminada en el resto de la región conectadas por el ferrocarril y la ruta provincial Nº 23.

La base de la economía, ha sido y continúa siendo principalmente la ganadería ovina de características extensivas con escasa demanda de mano de obra en el desarrollo de la esquila, venta de la lana y en menor medida de carne. En la década del 80, hay signos de cambio en la situación fundiaria y de mayor vulnerabilidad en estas zonas de ocupación precaria como otras en el país, al iniciarse la privatización de tierras fiscales mayormente mediante programas de titularización. De este modo, se incorporan vastas zonas al mercado de tierras no sin tensión/resistencia por parte de organizaciones indígenas y de movimientos campesinos. Al mismo tiempo, en algunos lugares de la Línea sur como, por ejemplo, en Maquinchao o en Ingeniero Jacobacci, existen litigios de tierra por acciones directas de campesinos indígenas, tierras que fueron cedidas por endeudamiento o abandono en épocas de crisis. Son identificadas por las organizaciones como “territorios en recuperación” (Higuera, 2016; Steimbreger e Higuera, 2017). Perdura una situación de inestabilidad en torno al control real de la tierra, cuya distribución y tenencia son el reflejo de los conflictos territoriales vigentes.

En todo caso, el avance del capital estaría asociado no solamente con la apropiación y disponibilidad de recursos naturales para la ampliación de la producción tradicional (ganadería extensiva), sino también, orientado a la expropiación, mercantilización y depredación de la naturaleza como un nuevo ciclo del capital en formato neoliberal-ultra extractivista, impulsado en las primeras dos décadas del presente siglo. Creciente en número y significación, en Patagonia norte, se impulsan desde el Estado provincial y nacional proyectos con valorización de recursos paisajísticos con fines inmobiliarios vinculados a la actividad turística, proyectos mineros metalíferos a gran escala (Proyecto Calcatreu) e iniciativas extractivas de generación de divisas con producción de “energías verdes”. Un nuevo modelo de acumulación por despojo con anclaje en el acaparamiento de tierras vinculados a proyectos energéticos e inmobiliarios en los que se desestructurar la producción de la vida y se confronta con la propiedad comunal de la tierra. Como en el pasado, se asiste a un proceso de cercamiento de campos, cursos de agua y entornos naturales que permitían a las comunidades indígenas-campesinas la producción de la vida; comunidades que hoy están siendo usurpados por las empresas para la extracción de minerales y proyectos empresariales. 

Para esta instancia, se presenta el caso de las hilanderas indígenas-campesinas de la meseta de Somuncura (Patagonia Norte, Argentina) que constituyen una experiencia comunitaria disidente/ disonante que expresa modos y entramados de hacer posible el proceso de producción de la vida en territorios y tiempos no necesariamente monetarizados (del Moral Espín, 2013; Gutiérrez et al, 2015). Se trata(ría) de describir y analizar las particularidades que asumen; qué tipo de arreglos (o desarreglos/rupturas) provoca para su propia realización; cómo se alteran y transforman las formas de vida (otras) que sobreviven en los márgenes del capitalismo, pero al mismo tiempo resisten y recrean modos y medios de vida.

Referencias bibliográficas

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Ponencia presentada en: I Jornadas Geografías Indígenas en Argentina Abordajes, perspectivas y activismos. Año 2025

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