Luz y sombra de RAFAEL ALBERTI (fragmentos)


 Luz y sombra de RAFAEL ALBERTI (fragmentos)

Puerto de Santa María / Cádiz

16 de diciembre 1902 - 28 de octubre 1999.

“Mientras haya gente con hambre, / debe haber comunistas para pelear por la justicia”.

(...) Alberti había terminado su historia con Maruja Mallo y andaba a tientas. María Teresa León, decidida a romper con tanta rutina gris, había puesto dos o tres cargas explosivas en su formalidad. Escapó a Madrid. Dejó al marido y a los hijos. Perdió la custodia. Aceptó la herida y el peaje de la independencia. No dudó en rebelarse contra las convenciones puritanas de la sociedad burguesa de entonces. Y en 1930 conoció a Rafael. Era una mujer separada desde 1928. La suya fue una historia marcada por el amor y el desamor, el combate y el destierro, el compromiso y la soledad, el ruido y el silencio, la guerra y la pasión por la vida. María Teresa, riojana de dinamita. Escritora, activista, madre, viajera, trashumante desterrada. Comunista, bella y vertiginosa. Con un respeto inquebrantable a su condición de mujer. Capaz de habitar la luz aceptó anidar en la sombra del poeta. A media luz. “La cola del cometa” decía de sí misma. Juntos eran un golpe de fiebre.

Así acometieron durante el golpe de Estado franquista y la Guerra Civil. “Nosotros participamos, más que nada, en la organización de la cultura de guerra –explica Rafael Alberti-. María Teresa, que es una escritora muy importante, fue directora del Teatro de Arte y Propaganda de Madrid y después del teatro del frente, la Guerrilla del Teatro. Lo que había sido ‘La Barraca’ de Lorca en la paz, se convirtió en las guerrillas teatrales durante la guerra. Llevábamos el teatro al frente, donde las bombas caían a veces tan cerca que las funciones tenían que suspenderse. Como repertorio teníamos obras clásicas, pequeñas, preciosas. Lope de Vega, Benavente; eran en general, obras graciosas porque al soldado no íbamos a recordarle la muerte cuando podían matarlo al día siguiente. Yo hice algunas obras de ese teatro de urgencia -que desde entonces se llama así: teatro de urgencia, poesía de urgencia-, como ’Los salvadores de España’ y ‘El bazar de la providencia’.”

‘Pero nosotros lo seguimos, / lo hacemos descender del viento del Este que lo trae,/ le preguntamos por las estepas rojas de la paz y del triunfo, / lo sentamos a la mesa del campesino pobre,/ presentándolo al dueño de la fábrica, / haciéndole presidir las huelgas y manifestaciones,/ hablar con los soldados y marineros, / ver en las oficinas a los pequeños empleados/ y alzar el puño a gritos en los Parlamentos del oro y de la sangre./ Un fantasma recorre Europa, / el mundo. / Nosotros lo llamamos camarada.’

Los golpes de la guerra no dan tregua. Tampoco la alegría de evocar a viejos compañeros, aquellos con los que se reunían a soñar con días de paz para así poder matar la pena de la guerra. “Cuando empezaron los atentados políticos en Madrid -describe Rafael-, que mataban a los muchachos que vendían los diarios de izquierda, que mataron a Calvo Sotelo, el jefe de los monárquicos, Federico García Lorca sintió un miedo casi infantil y pensó que en Granada, donde lo conocía todo el mundo, no le iba a pasar nada. Se fue a Granada y allá lo estaba esperando la muerte, la muerte que le tocaba. Por eso, yo he escrito sobre eso y soy el que nunca fue a Granada.”

‘Venid los que nunca fuisteis a Granada/ Hay sangre caída sangre que me llama/ Nunca entre en Granada. Hay sangre caída del mejor hermano/ Sangre por los mirtos y aguas de los patios/ Nunca fui a Granada. Si altas son las torres, el valor es alto/ Venid por montañas, por mares y campos/ Entraré en Granada.’

Corría 1937 y se celebraba el II Congreso Internacional de Intelectuales Antifascistas, donde se reunieron sesenta y seis delegados de más de treinta países de América y Europa. Lejos del frente de batalla, el edificio de la Alianza se convirtió para los ilustres allí reunidos en “un paraíso a la sombra de las espadas”, espada que si empuñaba Miguel Hernández, quien no dudó en levantar su voz contra aquella acomodada oposición al fascismo: “Aquí hay mucha puta y mucho hijo de puta”, gritó el poeta de Orihuela dirigiéndose a Alberti antes de escribir con letras visibles aquella misma frase en una pizarra ante todos. Una estentórea bofetada, replicada tiempo más tarde cuando Alberti y María Teresa lo abandonaron. “Recuerdo que Miguel Hernández apenas contestó a nuestro abrazo cuando nos separamos en Madrid -escribe María Teresa-, le habíamos llamado para explicarle nuestra conversación con Carlos Morla, encargado de negocios de Chile. Miguel se ensombreció al oírlo, acentuó su cara cerrada y respondió: Yo no me refugiaré jamás en una embajada ¿Y vosotros?, nos preguntó. Nosotros tampoco. Nos exiliaremos. Nos vamos a Elda con Hidalgo de Cisneros. Miguel dio un portazo y desapareció”.

La escritora vivió con pesar la agonía y muerte de Hernández en las mazmorras franquistas y con sentimiento profundo de culpa el abandono que dispensaron al joven poeta de Orihuela… de quien Rafael Alberti no habló más.

(...) Luego, otra salida precipitada, corre 1963, para recalar en Roma. Última etapa de su peregrinar hasta la caída del franquismo y el ansiado retorno a España.

En 1972 asomó el Alzheimer. Después de cuarenta años de exilio y cincuenta junto a Alberti, María Teresa regresó con él a Madrid el 27 de abril de 1977. Ya no sabía a qué país ni a qué ciudad llegaba. Pasó los últimos años afantasmada y sola en un apartamento de Príncipe Pío. Después la ingresaron en una residencia de Majadahonda. Rafael la vio sólo un puñadito de veces en casi diez años, no más. Cuando le preguntaban, decía que no soportaba el dolor de verla espectral, devorada por el vacío.

En la tumba de María Teresa León, en Majadahonda, quedó fijado un verso del poeta a modo de epitafio: “Hoy, amor, tenemos 20 años”. Era el 13 de diciembre de 1988. Y todo el frío abrazó de golpe la cola del cometa. Y su olvido.

Alberti la sobrevivió once años. Luces y sombras del poeta. Pablo Neruda, uno de sus amigos, escribió: “Rafael Alberti es algo así como un sobreviviente. Había mil muertes dispuestas para él. Una también en Granada. Otra muerte lo esperaba en Badajoz. En Sevilla llena de sol o en su pequeña patria, Cádiz y Puerto Santa María, allí le buscaban para acuchillarlo, para ahorcarlo, para matar en él una vez más la poesía. Pero la poesía no ha muerto, tiene las siete vidas del gato. La molestan, la arrastran por la calle, la escupen y la befan, la limitan para ahogarla, la destierran, la encarcelan, le dan cuatro tiros y sale de todos estos episodios con la cara lavada y una sonrisa de arroz (…) Esta rosa roja iluminó el camino de los que en España pretendieron atajar el fascismo. Conoce el mundo esta heroica y trágica historia. Alberti no sólo escribió sonetos épicos, no sólo los leyó en los cuarteles y en el frente, sino que inventó la guerrilla poética, la guerra poética contra la guerra. Inventó las canciones que criaron alas bajo el estampido de la artillería, canciones que después van volando sobre la tierra (…) Sin esta calidad la poesía suena pero no canta. Alberti canta siempre”.

‘¡A galopar,

a galopar,

hasta enterrarlos en el mar!’

*extraido del facebook de Jorge Montero

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