Eva Sueña.
(Fragmento del libro "Eva sueña" de Martina Kaniuka)
Eva sueña. Su nombre empuñado como un arma caliente deviene leyenda en las treinta y cinco cuadras de ese largo e inquieto hormiguero de pueblo que se reúne para ver si era cierto que, como cumplía penosísimamente en informar la Subsecretaría de Informaciones de la Nación, “a las 20.25 horas –de ese 26 de julio de 1952- había fallecido la Señora Eva Duarte de Perón, Jefa Espiritual de la Nación”. Las campanas de todas las iglesias doblan a duelo cinco minutos durante el sepelio y el luto viste todas las lámparas, arañas y faroles que alumbran el camino que conduce hasta su cuerpo.
Eva sueña y sabe que su cuerpo dejó este mundo a las 20.23 y que Raúl Apold, el mismo que con una tijera podó impiadoso La Razón de mi Vida, decidió que serían más recordables las 20.25 que finalmente estableció como la hora de su Paso a la Inmortalidad. Dos minutos de muerte le condonó Apold. ¿Cuántas otras cosas hubiera podido Eva con dos minutos más de vida? Hubiera podido con el dibujo de su firma cumplir con los pedidos de algunos grasitas que por carta acudieran en su ayuda para mejorar un poco sus condiciones materiales de existencia. Dos minutos más de su vida tal vez se hubieran convertido como por arte de magia después de pronunciar abracadabra, en un juego de muebles para un par de recién casados, un curso de secretaria para una mamá soltera, un pase al hospital más cercano para tratar alguna enfermedad supuestamente incurable, una pelota para un pibe de alguno de esos barrios conurbanos que se pierden en el mapa y son señalados como peligrosos por la policía. Con dos minutos más de vida, Eva hubiera podido escuchar las palabras de cualquier persona que se le hubiese acercado con algún problema, de hondo o nimio contenido existencial y arrimar una solución terrenal. Con dos minutos más de vida, Eva hubiera elegido ser Evita hasta el final.


