Días después de la muerte de mi papá, la casa de doña Celeste estaba muy triste y no había forma de quitarle la mortaja y el luto. Castelco era una persona muy alegre y talladora y esa casa que siempre estuvo llena de gente, de chistes y risas, donde comían regimientos de amigos, parientes y arrimados varios, ahora sufría el silencio como si se tratara del de un lago en la era terciaria. Para colmo, un poco antes de su muerte, un perro de esos que no pueden tenerse en comunidad se había escapado de su dueño y había atacado al leoncito canchero de la casa, a Catinguita, el perro de mi viejo, matándolo muy mal. Un mes justo antes del accidente, posta. Pero mi hermano, resolviendo por las de él, cayó un día a casa de mi vieja con el Titu. Era un cachorrito enfermo que había traído de la zona de Cargill. Parece que los venenos de la zona habían matado a la madre y a todos sus hermanitos y él era el único sobreviviente. Sufría una afección cutanea horrenda y olía muy mal. Osea que mi hermano cayó con el Titu y bien hediondo, como lo sería toda la vida, pese a los bañazos que le pegaba mi vieja cuando volvía de callejear, de haberse revolcado sobre pescado podrido de la costa, el culiadazo. ¡Cómo amó mi mamá a ese perro! Ya de entrada gastó dos veces lo que no tiene para salvarlo. Su vete de cabecera, el Claudio Suarez, le dijo: Si pasa esta noche vas a tener perro por un buen tiempo. Y zafó, el wacho. Y fue el callejero fino más inteligente que conocí. No tenía calle, lo que sigue a la yeca tenía. No era picante para la pelea, se comía los mocos cuando debía, pero tenía más banda que la zona sur de Newell's. Mandaba en el barrio y todos lo querían. Era muy salidor pero el tipo dormía con aire acondicionado. Y como pasa en casa de doña Celeste, el Titu tuvo problemas de sobrepeso. Era un gordo muy simpático. Se vivía riendo, lo juro. Cuando volví a vivir a casa de mi vieja un tiempo, y la suerte quiso que mi mejor amiguito de la vida, el Moncho, viniera conmigo, el Titu se convirtió en el principal secuaz de mi gatito y cuando nos vinimos a Buenos Aires otra vez, el Titu lo extrañó como se extrañan las personas: iba a la pieza y lo buscaba en sus escondites que él conocía. Todo eso pasó en 10 años hasta que el año pasado, el Titu se escapó de casa y no supimos más nada de él. Miento: se escapó primero, estuvo desaparecido 20 días y volvió un día, una tarde en verdad, en que yo fui a visitar a mi mamá. Fue como si viniera a despedirse de mí. Estuvo dos días en casa y una madrugada me pidió llorando que le abriera para salir. Así le había sucedido a mi mamá la vez en que se había ido. Le abrí y nunca más volvió. Una vecina lo vio en la colectora del Acceso Sur, frente al Parque Regional de Villa Gobernador Gálvez, una zona que la gente (yo mismo) usa como circuito para caminar. Esta es una zona agreste, con mucho campo inculto que pertenece aún en parte al regimiento 11 y que se conoce como el Campo del 11, CCDT "Quinta de los Comandantes". Lo busqué todo lo que pude y nunca lo encontré. Muchos dicen que algunos perros se alejan de casa para morir. El Titu estaba viejito pero no se mostraba enfermo. Ayer soñé con él y me pareció oportuno escribirle una necrológica. Fue un perrito hermoso y nos hizo mucho bien. Fue el amigo del Moncho. Lo extrañamos mucho. Agradezco a la vida haberlo conocido.

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