Una fusilación argentina/Osvaldo Bayer
Una fusilación
argentina
Por Osvaldo Bayer
Ahora,
los argentinos asesinamos a maestros. Después de la célebre “desaparición de
personas”, llamada la “Muerte Argentina”, nos gusta el detalle y nos
especializamos en docentes. Un ejemplo para el mundo. Sí, la verdad que somos
originales, no sólo podemos mostrar a la faz de la tierra un ejemplar de
nuestro orgullo, como Maradona, sino también esto: reprimir con tiros por la
espalda a docentes. Porque sí, en todo el mundo se reprime a los movimientos
del pueblo, sin ninguna duda, pero cuesta encontrar justamente esto de reprimir
a docentes. Ya teníamos un campeón en esto, Romero, el de Salta, a quien
dedicamos más de una contratapa, con sus antecedentes de meterles agua fría,
gases y balazos de goma. Y que pedimos más de una vez a los intelectuales
peronistas que iniciaron un movimiento de criticar con dolor esta aberración. Y
que pidieran a su partido la expulsión de ese ofensor de las leyes no escritas
de
¿Y
por qué no puede hacer eso, Sobisch? ¿Acaso Yrigoyen no reprimió a balazo
limpio a los peones rurales patagónicos, a los obreros que pedían las ocho
horas de trabajo de
Para
salvarse, Sobisch redactó esa solicitada lamentable donde se nos aparece con la
teoría de los dos demonios: compara a Fuente Alba con los dos policías muertos
por malhechores en el Gran Buenos Aires. No, eso es fácil. Sí, es la famosa
teoría de los dos demonios con la que los legisladores de
El
justificativo de Sobisch es demasiado ingenuo para creérselo. Compara, como
decimos, al docente Fuente Alba con los dos policías muertos por malhechores.
Justamente es todo lo contrario: los dos policías fueron muertos por la
violencia producida por el sistema, donde hay desigualdades extremas como en
nuestra Argentina, en la que hay miles de adolescentes criados en el hambre y
la desocupación (¡qué violencia es ésa, la peor y las más injusta de todas!).
Siempre va a haber delincuentes en un sistema de reparto injusto. Hemos tenido
siempre, en este sistema, una policía que reprime a los violentos de la
pobreza, pero esa policía se prosterna ante los poderosos y acepta sus dádivas
por la espalda. Nadie aprueba que un joven salido de la miseria mate a un
policía, pero es algo que va a ocurrir siempre en una sociedad y en un mundo
que favorece al que ostenta el poder –en todas sus formas– y humilla al
humilde. Dice Sobisch, estableciendo una interpretación sociológica salida de
los corrillos de Wall Street: “Me duele la muerte del docente neuquino a manos
de un policía. También me duele la muerte de los dos policías, en Caballito y
Saavedra el día 9 de abril, a manos de delincuentes”. Claro, así es fácil. A
todos nos duele la muerte. ¿Pero qué tiene que ver una cosa con la otra? El la
usa como contrapartida. Es decir, compara la víctima de un lado con los
homicidas del otro. Como diciendo sí, está esto, pero fíjense, está también
aquello. Es decir, que tendríamos que cerrar esos casos y decir: sí es cierto,
por eso unámonos, miremos hacia adelante y recemos.
No,
no es así. Fuente Alba fue a reclamar por algo que tiene que ser la base de
todo respeto en nuestra sociedad: la dignidad de los que enseñan a las nuevas
generaciones.
La
bella gente: los docentes. Una sociedad que humilla a sus docentes es una
sociedad hipócrita, sórdida, usurera. Es la que tiene como ídolos y admira con
sonrisa abierta a los verdaderos triunfadores de esta sociedad capitalista, de
los que ayer se publicaron sus fortunas: el mexicano Carlos Slim, metido en los
negocios telefónicos de
La
muerte del maestro por un sicario bestial que se debe haber sentido muy
importante cuando recibió la orden de reprimir, supera como símbolo todo lo más
deleznable. No puede haber nada más simbólico de lo abyecto. Ojalá inspire a
nuestros artistas de formas e imágenes, sólo ellos pueden representar el más
inmenso dolor humano. Las palabras no alcanzan.
No,
el pueblo de Neuquén no puede permitir seguir siendo “gobernado” por Sobisch,
tiene que decirle definitivamente que se vaya. Jugó, en su propia sed
desmesurada de poder; se sintió el que maneja todas las teclas, y perdió para
siempre.
Usted,
Sobisch, asesinó al mejor maestro. El último proyecto de ese maestro fue llevar
la escuela a los albañiles. Mientras los magnates viajan en autos cada vez más
pesados que envenenan más y más el ambiente, Fuente Alba quería llevar la
escuela a los albañiles. Sueños.
Sueños,
sí, pero peligrosos. Mejor meterle un tiro en la nuca.
Una
fusilación argentina. En tierras patagónicas. No aprendimos nada. Fusilamos a
las peonadas en 1921, los gauchos de la tierra. Ahora, a los docentes. Y así
herimos en el alma a nuestros propios niños. Sobisch no puede seguir. Si
continuara sería una inmoralidad. El pueblo neuquino no puede vivir en la
inmoralidad. Tiene que inundar las calles con la protesta noble. Las palabras y
los pasos. Y enlazando con cada uno de sus brazos los brazos de un docente de
Neuquén, de Salta, de Santa Cruz.
fuente Pag 12
Contratapa | sábado, 14 de Abril de 2007


