Memorias de una presa política (1975 - 1979)
Memorias de una presa política (1975 - 1979)
«VI. La requisa
En la planta 6 conocí lo que era una requisa, aunque a fines
del 75 esas inquisiciones mensuales del pabellón no eran sino un juego de
niños, una comedia alrededor de una norma carcelaria, si las comparamos con las
requisas de los meses posteriores, con su minuciosa violencia sobre nuestro
ámbito vital. Pero todavía se ejercían en los recreos y eran aproximadamente
mensuales, así que unos quince días antes nosotras salíamos en fila hacia el
patio portando en una bolsita nuestras cartas más queridas y en algún lugar del
cuerpo, los materiales políticos que habían entrado clandestinamente y
queríamos conservar. La revisación personal no existía todavía para las
mujeres, no nos hacían desvestir ni nos palpaban. Por lo demás, era la
primavera y si nuestra estadía en el patio se demoraba dos horas porque arriba
lo estaban revolviendo todo, solamente extrañábamos la ausencia del mate. Pero
la vuelta era siempre dolorosa, y lo fue también en esas primeras requisas
“blandas”. Cuando nos enfrentábamos a la puerta de rejas, el pandemónium en que
se había convertido nuestro orden nos golpeaba en el pecho como un latigazo.
Nuestra ropa estaba arrugada y arrojada como trapos viejos sobre el suelo o
colgando de cualquier cama; los papeles que no nos habíamos llevado esparcidos
por todo el pabellón como si los hubieran hecho volar; los colchones
desfondados, las sábanas y frazadas formando montañitas en cualquier lugar;
muchas fotografías de los hijos o los compañeros, los dibujos de los niños que
pegábamos en las paredes, habían sido arrancados y desgarrados; desaparecían
libros cuyos plazos de tenencia no habían vencido; lo que había sido “la
cocina” era una estantería de cajones volteada en el suelo en medio de un caos
de utensilios de lata.
Yo tenía siempre el mismo pensamiento: cómo pueden, en una o
dos horas, demoler nuestro lugar, pulverizar el espacio en el que transcurrían
cada uno de nuestros actos, nuestras ensoñaciones y nuestras manías; cómo
podían derrumbar así esa casa que hasta ya nos tenía harta de tanto ser ella
misma, hecha no sólo con nuestras manos sino con nuestra lucha laberíntica para
convivir en la prisión.
Pero así como la destrucción había sido fulmínea, también
era milagrosa nuestra reconstrucción. Un consuelo, una caricia que nos
concedíamos mientras nos poníamos manos a la obra: que dos de las
mujeres-rancho ese día nos cebaran mate, para mitigar con el placer esa
reedificación inquietante; y nos sumíamos en el torbellino de ordenar y
redistribuir –“¿A quién le falta una sábana verde?”, “¡No, ésta no es mi
frazada, la mía era de esas más peludas, ¿quién se la agarró?”, “¡Hijos de
puta, se llevaron la foto del flaco!”, “¡Esperá, Sara, no llamés a la celadora
antes de que todas hayamos ordenado los papeles, siempre hacés lo mismo!”,
“Graciela, hay mucha ropa tuya sobre mi cama, apúrate a sacarla que yo quiero
dejarla lista”, “Las que vayamos terminando con nuestras cosas nos encargamos
de la cocina y los baños”… Y de nuevo mi sor presa: en una hora o un poco más
habíamos rehecho el escenario de nuestra rutina, como si no fuera porque era
austero y nosotras empecinadas, sino como si hubiera resurgido solo, gracias a
la fuerza de su propia arquitectura».
(Graciela Lo Prete, Memorias
de una presa política, 1975-1979, Norma, Colección militancias, Buenos Aires,
2006)
La lopre, memorias de una presa política, 1975-1979 es un
manuscrito redactado por Graciela Lo Prete, estudiante de sociología, militante
de vanguardia comunista y presa política. Empezó a escribirlo en cautiverio y
lo continuó en Francia, donde logró exiliarse. El texto quedó inconcluso cuando
ella decidió quitarse la vida en 1983 en París. Fue recuperado por sus
compañeras y amigas varios años después y publicado en la colección militancias.
fuente: Pensar la dictadura: terrorismo de Estado en Argentina.
Primera edición marzo de 2010 © 2010. Ministerio de Educación de la Nación Argentina.
