Ni atenuada ni marginal. La represión dictatorial en la Patagonia argentina
| La Escuelita/Nqn CCD |
Ni atenuada ni marginal. La represión
dictatorial en la Patagonia argentina
Por Pablo Scatizza
Durante mucho tiempo se dio por sentado que
en el sur argentino la represión dictatorial había sido menos: menos intensa,
menos sistemática, menos presente. Una suposición que no provenía de la
evidencia sino de la escala desde la cual se había construido el relato
nacional. Cuando esa escala se modificó y el foco se desplazó hacia esos
territorios, lo que apareció no fue una represión atenuada ni marginal, sino un
dispositivo plenamente articulado, cuya eficacia descansó precisamente en la
combinación de conducción centralizada y ejecución descentralizada. Así, la
periferia dejó de ser periferia. O, más precisamente: quedó en evidencia que
nunca lo fue.
El relato nacional y sus puntos ciegos
Las primeras narrativas serias y rigurosas
que se construyeron sobre el terrorismo de Estado en Argentina -los trabajos
pioneros de Alipio Paoletti, Emilio Mignone y Conte Mc Donnel, Eduardo Luis
Duhalde y Pilar Calveiro, por ejemplo, algunos de ellos a muy poco de haber
finalizado la dictadura- construyeron un valioso andamiaje conceptual desde el
cual fue posible comenzar a explicar la dinámica con la que se había desplegado
la represión estatal, la lógica del encierro clandestino, la desaparición
forzada… la arquitectura del horror dictatorial. Un andamiaje sin el cual nada
de lo que vino después en materia de conocimiento histórico sobre la temática
hubiera sido posible. El problema -si es que cabe llamarlo así- es que fue elaborado desde y sobre los
grandes centros urbanos, por lo cual terminó produciendo un efecto seguramente
no buscado: el de convertir en norma lo que era una configuración particular.
Así, por ejemplo, el campo de concentración se volvió la norma implícita, y
todo lo que no se ajustaba a ella aparecía como atenuación, como periferia,
como baja intensidad. Ese deslizamiento -de descripción a norma- es el que
investigaciones posteriores, realizadas desde otros espacios y con otras
preguntas, han venido a cuestionar. En particular, aquellas que combinaron dos
movimientos analíticos: por un lado, el desplazamiento hacia escalas regionales
y locales, que pusieron en tensión lo metropolitano con lo territorial; por
otro, la reducción de la escala de análisis -en el sentido de la microhistoria
italiana- para abordar objetos específicos con preguntas generales, y desde
allí producir nuevas interpretaciones sobre el funcionamiento del dispositivo
represivo.
Escalas, lentes y texturas
Con el cambio de siglo, un conjunto
creciente de investigaciones sobre los años setenta en la región comenzó a
mostrar que la represión en el sur argentino no respondía al modelo esperado.
No porque fuera menos sistemática, sino porque adoptó configuraciones
específicas que ese modelo no alcanzaba a iluminar. En este sentido, el
desplazamiento de la mirada hacia espacios regionales no implicó simplemente
reducir el tamaño del objeto de estudio, sino una transformación de los
problemas que se volvían visibles. A escala nacional, el dispositivo represivo
puede aparecer como una arquitectura coherente y centralizada: una cadena de
mando que desciende desde el Estado Mayor hacia las unidades territoriales,
estructurada en zonas, subzonas y áreas de seguridad. Esa arquitectura existió.
Pero al observar en detalle su funcionamiento en territorios concretos se
advierte que esa sistematicidad convivió con grados variables de autonomía
operativa en la implementación de la represión. Esa autonomía se inscribió en
una lógica más amplia de conducción centralizada y ejecución descentralizada
que caracterizó al plan sistemático de represión estatal. No fue una disfunción
del sistema, sino uno de sus rasgos constitutivos. Lo que cambia cuando se
modificala la escala y se aumenta el foco no es la magnitud del horror sino su
textura. Y esa textura importa, porque es en ella donde reside una parte
sustantiva de la explicación sobre cómo logró funcionar el dispositivo en
territorios alejados de las grandes urbes.
En octubre de 1975, las Fuerzas Armadas
dividieron el país en cinco Zonas de Seguridad para instrumentar el plan
represivo. La división político-administrativa provincial resultaba inadecuada
para ese objetivo, y en línea con la Doctrina de Guerra Revolucionaria
aprendida en Francia, el territorio nacional fue reorganizado según criterios
operativos. Así, la Patagonia argentina, junto con Bahía Blanca y su área de
influencia, quedó bajo la órbita de la Zona 5 de Seguridad, con comando en esa
ciudad portuaria, dependiente del V Cuerpo de Ejército. Desde allí se
coordinaban las acciones represivas sobre un extenso territorio que abarcaba el
sur bonaerense y cinco provincias, subdivididas en subzonas y áreas de
seguridad a cargo de brigadas, batallones y regimientos con jurisdicción
territorial.
Lo que se vuelve visible al cambiar la
escala de observación es que este esquema no operó como una cadena de
transmisión mecánica de órdenes. Los comandos de subzona desplegaron grados
variables de autonomía en la organización de las prácticas represivas, dando
lugar a configuraciones operativas diferenciadas que no fueron excepcionales
sino constitutivas de la dinámica regional. Un caso ilustra esto con claridad:
la Subzona 52, con asiento en Neuquén capital y jurisdicción sobre toda esta
provincia y la mayor parte de Río Negro, no figuraba entre las "zonas
calientes" del dispositivo nacional. Sin embargo, el cambiar la escala y
aumentar la lente permitió revelar la magnitud relativa del despliegue
represivo en esa región que arroja un saldo de más de 50 personas
desaparecidas, casi 400 detenidas registradas, más de 120 casos judicializados
por delitos de lesa humanidad, y una vasta red de espacios de cautiverio
articulada entre dependencias militares, policiales y penitenciarias. En Tierra
del Fuego, investigaciones recientes de Mario Ayala y Gabriela Fernández han
puesto en evidencia la fisonomía singular que caracterizó a esa isla, donde la
preeminencia de la Armada en la conducción represiva y las características de
un espacio insular, fronterizo y escasamente poblado produjeron un dispositivo
sin grandes centros clandestinos verificados, pero no por ello una represión
ausente. La Comisaría de Ushuaia y las instalaciones del BIM 5 en Río Grande
funcionaron allí como espacios de detención, donde la Ley 20.840 -la
legislación "antisubversiva" heredada del gobierno constitucional-
fue el instrumento privilegiado para encuadrar detenciones que respondían a la
lógica del plan nacional. Estos ejemplos, y otros que podrían mencionarse
rápidamente -el seguimiento sistemático de las llamadas "comunidades
hippies" en El Bolsón desde 1975 (como ha mostrado Ayelén Mereb), o la
represión específica sobre trabajadores migrantes chilenos en Chubut, que
combinó detenciones clandestinas con expulsiones del país (analizada por
Gonzálo Pérez Álvarez y Mónica Gatica)- dejan en evidencia que lo que desde la
escala nacional aparece como periferia homogénea, la variación de escala
desagrega en una multiplicidad de configuraciones represivas con lógicas
propias.
Más allá del campo de concentración
Observar el dispositivo represivo en
estas escalas permite ver algo que la mirada nacional tiende a comprimir: la
trama de actores que hizo posible su capilaridad territorial. Las Fuerzas
Armadas ocuparon el lugar formal de conducción, pero el funcionamiento
cotidiano de la represión dependió en gran medida de policías provinciales,
organismos de inteligencia, autoridades administrativas y funcionarios civiles.
Rubén Suárez ha mostrado cómo, en Río Negro, el Plan “Martillo” -una directiva
secreta que instruía a ministerios, fuerzas de seguridad e intendentes a
producir y remitir información sobre actividades consideradas “subversivas”-
convirtió al gobierno local en un nodo activo de la red de inteligencia. En la
Norpatagonia, esta dinámica puede rastrearse incluso antes del golpe: desde
1975, la llamada “comunidad informativa” articuló al Ejército, la Policía
Federal, la policía provincial, la Gendarmería y la SIDE en tareas conjuntas de
vigilancia sobre la universidad, el mundo laboral y las organizaciones
políticas y sindicales. En Neuquén, esa red fue conducida -según diversos
testimonios- por el rector interventor de la Universidad Nacional del Comahue,
Dionisio Remus Tetu, quien simultáneamente ocupó el mismo cargo en la
Universidad Nacional del Sur, en Bahía Blanca. Desde allí, su papel fue clave
en la articulación entre inteligencia y represión en una ciudad que, además,
funcionaba como nodo central de la Zona 5.
Esta red institucional -más que la cadena
de mando formal- constituyó el sustrato real sobre el cual se desplegaron las
prácticas concretas de violencia. Y lo hizo en articulación con una geografía
específica de espacios de detención que el análisis en clave regional ha
permitido distinguir de la lógica concentracionaria dominante en los estudios
más generales. En esa línea, investigaciones desarrolladas en la región han
mostrado no solo la coexistencia de distintos tipos de espacios -centros
clandestinos de detención (CCD), centros de detención clandestina insertos en
instituciones de seguridad (CDC) y establecimientos penitenciarios utilizados
para el encierro de presos políticos-, sino también que la importancia relativa
de cada uno de ellos varió según las características de cada territorio. En la
Subzona 52, por ejemplo, el CCD “La Escuelita” de Neuquén fue el principal
centro clandestino, pero el grueso del circuito represivo se apoyó en una red
de espacios insertos en instituciones públicas: la Comisaría 24° de Cipolletti,
la Comisaría 4° de Cutral Có, la Delegación de la Policía Federal en Neuquén.
El mismo patrón se observa en otros territorios: en Chubut, el CCD “Las
Casitas” de Comodoro Rivadavia operó articulado con comisarías y dependencias
federales; en Santa Cruz, los espacios de detención documentados corresponden en
su totalidad a instituciones policiales o penitenciarias. A esto se suma un
repertorio de prácticas que produjeron efectos de control sin recurrir
necesariamente al encierro prolongado: vigilancia sistemática, hostigamiento
laboral, judicialización selectiva, exilio interno y externo. En territorios de
baja densidad urbana y alta visibilidad social, donde la clandestinidad
absoluta tenía mayores costos, estas modalidades no fueron residuales: fueron
formas centrales del funcionamiento represivo.
Lo que la Patagonia muestra
La heterogeneidad que emerge cuando se
varía la escala de observación y se aumenta la lente sobre los objetos de
estudio no contradice la sistematicidad del plan represivo: es una de las
claves para comprender cómo ese sistema logró desplegarse con eficacia sobre un
territorio tan vasto y diverso. Un dispositivo que si hubiera dependido
exclusivamente de su aparato militar centralizado seguramente no habría podido
sostener esa eficacia en los márgenes del país. Lo que la sostuvo fue la articulación
con actores locales que dotaron al sistema de una capilaridad que las
instituciones estrictamente militares no hubieran podido construir por sí
solas. La Patagonia no es, entonces, una excepción dentro del terrorismo de
Estado argentino, ni una mera periferia. Es un observatorio privilegiado desde
el cual se vuelven visibles la adaptabilidad territorial del dispositivo
represivo, la multiplicidad de actores que lo sostuvieron y la diversidad de
prácticas a través de las cuales la violencia estatal logró inscribirse en la
vida social. A cincuenta años del golpe, el desafío no es solo recordar más
sino entender mejor. Y entender mejor, en este caso, exige estar dispuestos a
mirar desde otro lugar.
----
Datos del autor:
Pablo Scatizza (La Plata, 1970) es Licenciado en Historia por la Universidad Nacional del Comahue y Doctor en Historia por la Universidad Torcuato Di Tella. Tiene a su cargo la cátedra de Teoría de la Historia y el Seminario de Técnicas de Investigación Histórica en la Facultad de Humanidades de la Universidad Nacional del Comahue, donde se desempeña a su vez como investigador. Su campo de investigación es la violencia política y las formas de represión en la historia reciente, con énfasis en las décadas del ’60 y ’70. Entre 2008 y 2014 trabajó como investigador en la Fiscalía Federal de Neuquén, en las causas por delitos de lesa humanidad contra los represores de la región. Ha publicado numerosos artículos -en revistas científicas y de divulgación- referidos a las modalidades represivas que caracterizaron a la década del setenta, así como sobre la violencia política y sus representaciones. Un Comahue violento ha sido publicado por Prometeo Libros, 2016.
